No pienso avergonzarme por la redacción de mis anotaciones. Y no me atendré a ningún orden ni sistema. Escribiré aquello que me venga en gana.

Memorias del Subsuelo, F. Dostoievsky

El pecado del otro. Filosofía, calle y compasión

 

El pecado del otro. Filosofía, calle y compasión


1. El rostro de mis amigos (introducción pendiente)

Esta parte será escrita por el autor. Incluirá un relato en primera persona de su experiencia en La Mariscal y sus vínculos con personas que viven en la calle: Esteban el italiano, Palermo, Pereira, Pikachu, Peluche. Será el anclaje vital de todo el ensayo.


2. El lavapiés como gesto fundacional

En el evangelio de Juan, capítulo 13, Jesús se arrodilla ante sus discípulos y les lava los pies. No lo hace en un templo ni en un acto litúrgico. Lo hace en una casa común, en medio de una comida. Toma una toalla, se ciñe la cintura, y uno a uno, lava los pies de aquellos que, en unas horas, lo van a abandonar.

El gesto es escandaloso. El maestro no debería arrodillarse. El santo no debería tocar la suciedad. Pero lo hace. Y cuando Pedro, desconcertado, se niega, Jesús le dice: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo.”

Ese acto es una inversión del mundo. El que tiene el poder se despoja de él. El que enseña, se vuelve sirviente. El que está “arriba”, baja. No para humillarse, sino para levantar al otro desde abajo. Porque no se puede ver al otro verdaderamente si no es desde el polvo de sus pies.

Lavar los pies del otro no es limpiarlo. Es tocar lo que nadie quiere tocar. Es decirle: tú, con tu mugre, tu cansancio, tus pasos rotos, también eres digno. Es el reconocimiento más profundo: que la vida del otro importa, incluso cuando huele mal, incluso cuando sangra, incluso cuando ha sido descartada por todos los demás.

En ese gesto se esconde una filosofía entera: no hay amor sin descenso, no hay compasión sin contacto, no hay comunidad sin el riesgo de ensuciarse. Por eso, cuando pienso en mis amigos que duermen en los portales de La Mariscal, que huelen a basuco, que a veces roban para sobrevivir, no puedo evitar ver en ellos los pies que Jesús lavó. No porque sean santos, sino porque son humanos.

Y si el Hijo de Dios se arrodilló ante los suyos, ¿quién soy yo para mirar desde arriba?


3. El pecado del otro es también mío

Vivimos en una época que adora la responsabilidad individual. Cada quien es dueño de su destino, cada quien debe cargar con sus errores, cada quien elige su vida, dicen. Pero quienes repiten eso —como una fórmula higiénica de distancia moral— casi nunca han visto a alguien fumar basuco debajo de una bolsa negra para espantar el frío. Casi nunca han estado cerca del abismo. Casi nunca han sentido que esa caída podría ser la suya.

Simone Weil escribió: “Yo también soy culpable de todo el mal que hay en el mundo.” No lo dijo como un acto de autoflagelación mística, sino como una forma de asumir la realidad con los ojos abiertos. Para Weil, la atención radical hacia el sufrimiento del otro es la forma más profunda de espiritualidad. No mirar para otro lado. No justificar. No explicar. Solo estar presente y cargar, en silencio, una parte de esa herida.

Yo no sé si eso puede salvar a alguien. Lo que sé es que cambia algo dentro de uno. Porque cuando uno se sienta junto a Palermo o a Pikachu, cuando escucha la historia repetida del abandono, la infancia rota, la adicción que no da tregua, uno empieza a entender que su “pecado” no es solo de ellos. Es también mío. Es también nuestro. Porque hemos construido una ciudad donde ellos sobran. Porque los vemos y preferimos cambiar de acera. Porque no hicimos nada cuando aún había tiempo.

El mundo moderno fabrica marginales como una fábrica arroja residuos. La adicción, el crimen, la locura, la pobreza extrema no son accidentes. Son los subproductos del sistema que nos alimenta, que nos viste, que nos da confort. Por eso no basta con decir: “yo no soy como ellos.” Tal vez no lo seas en la superficie, pero ¿quién puede decir que no tiene dentro un rincón roto, una zona oscura, un impulso de destrucción?

Simone Weil llamaba a eso “el peso de la desgracia”. Decía que algunos lo llevan sobre sus hombros y otros hacen todo lo posible por ignorarlo. Pero el peso está ahí. Y cuando te haces amigo de los que lo cargan —como tú lo has hecho con Esteban el italiano, Pereira o Peluche— no te haces mejor persona. Solo te haces más verdadero.


4. Cristo, Diógenes y la calle: el lugar donde no hay máscaras

Diógenes vivía en un tonel. No tenía casa, ni túnica, ni vergüenza. Dormía en la plaza, se masturbaba en público, pedía limosna, se burlaba de los poderosos. Cuando Alejandro Magno, el hombre más importante del mundo, vino a visitarlo, Diógenes solo le dijo: “Apártate, que me estás quitando el sol.”

¿Quién tiene el poder en esa escena?

¿Quién está más cerca de la verdad?

Los cínicos antiguos —Diógenes, Crates, Hiparquia— creían que la sociedad estaba enferma. Que el lujo, el honor, las jerarquías, las instituciones eran una gran comedia de apariencias. Por eso, eligieron vivir como perros (de ahí el nombre “cínico”, de kynikos). Rechazaron todo lo innecesario. Abrazaron la desnudez, la pobreza, la risa. Escupieron sobre la idea de éxito.

Pero no lo hicieron por desesperación. Lo hicieron por lucidez. Para ellos, cuanto más se despoja uno de lo falso, más cerca está de lo esencial.

Cristo también vivió en los márgenes. Nació entre animales, creció como hijo de un carpintero, caminó entre pescadores, prostitutas, cobradores de impuestos, leprosos. No fundó una religión ni escribió libros. Lo crucificaron como a un criminal.

Y sin embargo, como Diógenes, hablaba con una autoridad que venía de otro lugar. No del poder, sino de la verdad encarnada. Cuando Jesús dice: “Bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran”, no está haciendo una poesía piadosa. Está diciendo que en el sufrimiento, en la intemperie, en el hambre, hay una sabiduría que el mundo niega.

En La Mariscal, algunos se ríen cuando hablo de filosofía. Palermo dice que todos los filósofos están muertos y que lo que cuenta es saber dónde dormir sin que te roben los zapatos. Pikachu dice que el basuco es su dios porque le quita el miedo. Pereira, cuando no está delirando, se pone serio y murmura cosas que no alcanzo a entender del todo, pero que a veces suenan como oráculos.

Y yo los escucho. Y pienso que Diógenes también habría dormido con ellos. Que Cristo, de pasar hoy por Quito, no estaría en los púlpitos, sino ahí mismo, recogiendo colillas, riéndose con los suyos, desafiando a los limpios con una parábola sucia.

Porque la calle —cuando se habita con ojos abiertos— no es solo el lugar del dolor. Es el lugar donde se caen las máscaras. Donde nadie puede fingir. Donde lo humano se muestra sin maquillaje.

Y tal vez esa desnudez, esa intemperie radical, sea la forma más pura de verdad que nos queda.


5. Una ética desde abajo: el rostro del otro

Levinas decía que el comienzo de la filosofía no está en el pensamiento abstracto, sino en el rostro del otro. No en las ideas, sino en la carne vulnerable que se expone, que sufre, que nos mira. Y no cualquier rostro: no el del amigo cómodo, ni el del profesor culto, ni el del político en campaña. El verdadero rostro es el del otro indefenso, el que no puede ocultar su necesidad, el que nos exige sin palabras una respuesta.

No se trata de compasión ni de lástima. Levinas es más radical: ante el rostro del otro, yo soy responsable. No porque quiera serlo, no porque haya elegido, sino porque ya lo soy.

“La relación con el otro es una responsabilidad infinita. Una responsabilidad sin reciprocidad.”

Cuando camino por La Mariscal y me cruzo con Esteban el italiano o con Pikachu, la teoría se rompe. No estoy frente a un problema social, ni frente a un arquetipo de marginalidad. Estoy frente a alguien. Y ese alguien me mira. Me pide fuego. Me dice su nombre. Me pregunta si tengo una moneda. Me recuerda que está vivo.

Y yo tengo que decidir, cada vez: ¿me quedo en mi burbuja o me dejo afectar?

Porque eso es lo que hace el rostro: afecta. Quita el escudo. Derrumba las excusas. Me pone frente a una elección: o reconozco la humanidad que hay ahí, o participo del crimen de no verla.

Levinas dice que el rostro del otro es frágil, pero tiene autoridad. No manda, pero me obliga. No me golpea, pero me hiere. Me recuerda, sin hablar, que yo soy alguien porque él existe. Que mi yo solo tiene sentido en relación con ese tú.

Y eso —en el contexto de la calle— es una revolución silenciosa. Porque mirar a Palermo como un rostro y no como un caso, mirar a Peluche como un tú y no como un objeto de caridad, es una forma de decir: tú me haces humano.

La verdadera ética no nace del deber. Nace de la presencia. De quedarse ahí. De no huir cuando el otro duele. De ofrecer el cuerpo, la escucha, la mirada.

De arrodillarse, si hace falta, y lavar los pies del que el mundo ha olvidado.


6. Testimonio: guardar el fuego

No sé si lo que estoy haciendo sirve de algo. Tomar fotografías, grabar voces, escribir estas palabras. A veces siento que el tiempo se los va a llevar igual. Que un día Palermo ya no va a estar, ni Pikachu, ni Pereira. Que nadie sabrá quiénes fueron. Que la ciudad los tragará como traga todo lo que considera desechable.

Y sin embargo, persiste una necesidad: guardar el fuego.

No por ellos, solamente. También por mí. Porque si no dejo rastro de sus nombres, de sus rostros, de sus frases rotas, algo dentro de mí se apaga. Algo se vuelve mentira. Como si yo también hubiera decidido no ver.

No quiero contar sus historias como si fueran símbolos. No son mártires ni héroes. Son personas. Se equivocan, hieren, mienten, se destruyen. Pero también ríen, comparten, protegen, sobreviven. Y eso merece quedar escrito.

No quiero redimirlos. No quiero romantizarlos. Solo quiero decir: estuvieron aquí. Vivieron. Fumaron basuco bajo la lluvia. Pelearon por una manta. Escucharon salsa vieja desde un parlante roto. Me llamaron “hermano”. Me vieron cuando yo también estaba roto.

La playa de Falesa

Hoy tuve que despertarme temprano para ir al aeropuerto porque viajaba a Guayaquil por trabajo. Me hice un café y salí a la terraza, todavía era obscuro y hacia ese silencioso frío de las madrugadas que me perfumo de una profunda nostalgia que me evoco a mi padre. Cuando mis viejos se separaron el acuerdo fue que un día a la semana el me llevaba de mi casa a la escuela y a la salida igualmente el me retiraba, almorzabamos y me dejaba nuevamente en casa. Exiguamente recuerdo las conversaciones que teníamos, hablábamos de muchas cosas pero sobre todo el me hablaba del amor. Mi madre lo había abandonado porque era un borracho y aunque vivían momentos hermosos, la obscuridad abrumaba y ella no pudo soportarlo. Así como él tampoco pudo soportar el abandono y al año de separados se suicidó. Recuerdo que siempre vino a verme con mucho entusiasmo y con alguna libreta que constantemente solía llevar con él. A veces él me leía cosas que tenía ahí escritas. En esas libretas anotaba frases, poemas, pensamientos, de otros y también suyos, a veces también había algún dibujo. Fueron de las pocas cosas que heredé de mi padre y que me han permitido entender quién era. Antes de salir al aeropuerto, pase por mi biblioteca y decidí llevarme al azar una de esas libretas. 
 
Cuando llegué a Guayaquil fui al centro para tomarme un café antes de ir a la Universidad de las Artes, en donde tenía una reunión para firmar un convenio de colaboración para una investigación que queríamos llevar a cabo acerca de las Venus de Valdivia. Acabé las gestiones sobre el medio día y como mi vuelo salía al final de la tarde, tuve tiempo para dar una vuelta. No soy muy asiduo a esa ciudad, sobre todo porque odio ese calor húmedo agobiante, aunque por suerte hoy no hacía sol. Me di una vuelta por el malecón, que siempre es maravilloso y luego fui al parque Seminario, también llamado el parque de las iguanas, dicen que hay alrededor de 350, pero en realidad quería ir a ver la estatua de Medardo Angel Silva, que sabía que era uno de los poetas favoritas de mi viejo. Me senté un rato al lado del niño poeta, es una escultura en donde está sentado en una banca y pensé que los dos debían haber sido solitarios y que compartían la enfermedad de los poetas genuinos: la timidez. Luego recordé que un amigo me había hablado de un restaurante (el Piave) que quedaba cerca, en donde solía comer con el escritor Velasco Mackenzie, entonces busqué en internet la dirección exacta (Chimborazo y Sucre) y me dirigí hacia allá. Tenía ganas de tomarme una cerveza y rememorar a mi viejo, revisar la libreta de anotaciones, hace mucho tiempo que no las repasaba. Uno nunca deja de tener hambre del amor de su padre y esta era mi manera de imaginarlo, de tenerlo presente. Dicen que cuando el padre muere, el hijo se convierte en su propio padre. Quería sentir la añoranza de lo que nunca sucedió. Sin dificultad encontré el local, era pequeño y la atención me pareció maravillosa. Lo primero que hice fue pedir una Pilsener y sacar la libreta, era morada y en el costado, sobre las hojas, se podían leer escritas las palabras amor y voluntad. Todas las páginas estaban llenas, escritas con esferos de distintos colores y algunas estaban pintadas con acrílicos. Se encontraban llenas de gritos de amor, angustia, desesperación, se denotaba mucha tristeza.. Pedí un escabeche de corvina y otra Pilsener. Era inevitable sentir un sabor agridulce en mi corazón. Se delataba el amor de mi padre, pero también se vislumbraba el desprecio de mi madre. Ya expresaba sus intenciones de quitarse la vida, pero sobre todo estaba llena de expresiones de amor. Seguramente fue muy egoísta, ¿pero acaso no es el amor siempre así? Una de las anotaciones que estaban enmarcada en líneas moradas quedó grabada en mi y decía: 
 
           nunca serás un hombre sabio, vaya, ni siquiera un hombre 
 
           razonablemente inteligente, pero el amor y tu sangre 
 
           te hicieron dar un paso incierto pero necesario, en medio 
 
           de la noche, y el amor que guió ese paso te salva. 
 
 
Cerré la libreta y me fui al aeropuerto. Fue un largo viaje de regreso, no solo por mis sentimientos, sino que además el aeropuerto de Quito estuvo cerrado un par de horas. Cuando llegue tarde en la noche a mi casa, entré al cuarto de mi hijo, lo bese en la frente y luego fui a mi cuarto, me acosté en la cama, bese profundamente a mi mujer y agradecí por todo el amor que tengo.

Botella al mar para el Dios de las palabras - Garcia Marquez

Botella al mar para el Dios de las palabras
Gabriel García Márquez
Inauguración Congreso de Zacatecas 1997


A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!». El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años.

about art and technique

"A major section of modern art and poetry unconsciously guides us in the direction of madness... only madness is inaccesible to the machine. Every other "art" form can be reduced to technique."

del saber

"si insistía acabaría contándome lo que hubiera o supiera, estaba seguro, algo parcial o erróneo, algo, pero lo que sí es posible es no querer saber nada cuando aún no se sabe, después ya no, él tenía razón, más vale saber las cosas, pero sólo cuando ya se saben (yo aún no sabía)."

a veces es mejor callar

"-Algo que ya no debe contarse. Algo cuyo tiempo ha pasado, cada tiempo tiene sus propios relatos, y si se deja pasar la ocasión, entonces es mejor callar para siempre, a veces. Las cosas prescrbien y se hacen inoportunas."

del deseo

"A partir de mañana, y es de suponer que durante muchos años, no podré tener el deseo de ver a Luisa, porque la estaré ya viendo en cuanto abra los ojos. No podré preguntarme qué cara tendrá hoy ni cómo se aparecerá vestida, porque le estaré viendo la cara desde el inicio del hoy y tal vez la veré vestirse, puede que incluso se vista como yo le indique, si le digo mis preferencias. A partir de mañana no habrá las pequeñas incógnitas que durante casi un año han llenado mis días, o han hecho que los días fueran vividos de la mejora manera posible, que es en estado de vaga espera y de vaga ignorancia. Sabré demasiado, sabré más de lo que quiero saber acerca de Luisa, tendré ante mí lo que quiero saber acerca de Luisa, tendré ante mí lo que me interesa de ella y lo que no me interesa, ya no habrá selección ni elección, la tenue o mínima elección diaria que suponia llamarse..."

dilema medicina

En Europa hay una mujer que padece un tipo especial de cáncer y va a morir pronto. Hay un medicamento que un farmacéutico de la misma ciudad acaba de descubrir y que los medicos piensan que la puede salvar. La medicina es cara porque el farmacéutico esta cobrando diez veces lo que le costó hacerla. El esposo de la mujer enferma, Heinz, acude a todo el mundo que conoce para pedir prestado el dinero, pero solo ha podido reunir la mitad de lo que cuesta. Le dice al farmaceutico que su mujer se esta muriendo y le pide que le venda el medicamento más barato o le deje pagar más tarde. El farmacéutico se niega y, ante esto, Heinz, desesperado, piensa atracar la farmacia para robar la medicina para su mujer. Pregunta: ¿Debe Heinz robar la medicina?. ¿Por qué si o por qué no?