Siempre he querido escribir acerca de los aeropuertos. Me resultan sitios muy intensos, sobretodo porque están llenos de emociones. En abrazos y lágrimas se sellan las tristezas más tristes y las alegrías más alegres. No hay nada como ver el reencuentro de una familia de algún inmigrante que salió hace varios años en busca de un futuro mejor y al que le esperan, entre otros varios miembros de la familia, su madre con sus dos hijas. Aquel palpitar de su corazón mientras espera con ansia poder identificar a su hijo a lo lejos, irradia demasiada (nunca es demasiada) felicidad y también guarda un cierto orgullo de saber que su hijo hizo lo que haría un hombre de bien. Luego de pocos instantes, en las lágrimas del padre naufraga un intenso dolor fruto de ver que a la pequeña la dejo cuando todavía no terminaba de hablar bien y ahora ya hizo hasta la primera comunión. Lo interesante de los aeropuertos es que los sentimientos de esta historia que podría pasar en Quito, pueden surgir de igual manera en otra historia en Bangladesh, en Londres o en Missouri. Se me ocurre que tal vez una de las primeras causas de la globalización serían los aeropuertos.
Una vez que nos separan como a ganado (un punto interesante al que ya vuelvo) los que viajamos de los que no, también se respira una inmensa soledad. Mientras las salas de espera se encuentran solas y esperando que llegue su turno, se convierten en salas inhóspitas y tremendamente solitarias. Siempre se respira un aire de melancolía o añoranza que surge de la vacación que termina, de la novia a la que ya extraño o al dejar la ciudad donde has sido feliz. Muchas veces tambien hay ilusión y alegría que viene de la fiesta a la que vamos, de las vacaciones que empezamos, o del beso que voy a buscar. Debe ser bajo el porcentaje de gente que viaja con regularidad y por lo tanto la experiencia del viaje tiene un menor grado de intensidad emocional. Aunque de todas maneras siempre consciente o inconscientemente existe una tensión por el simple hecho de viajar.
Cuando me refería a que nos mueven como ha ganado también debo aclarar que creo que es así porque es necesario para que funcione adecuadamente. Al menos hasta que alguien piense en un mejor sistema. Aquellas largas colas, que son dirigidas por los ejecutivos de la compañía (vaqueros) que instruyen a los pasajeros en tránsito que tengamos la tarjeta de embarque en la mano como quien busca al ganado que ya estuvo herrado, son horribles y detestables. Sin embargo, también hay que admitir que los aeropuertos también tienen su encanto. Hace poco tuve que pasar varias horas en el aeropuerto de Madrid. Es realmente espectacular, primero porque la nueva T4 es una belleza arquitectónica (Richard Rogers y Carlos Lamela), y luego porque realmente existe un submundo ahí dentro. Desde Zara hasta Imaginarium, muchas tiendas. Duty Free, también algo que es muy homogéneo en todo el mundo. Para comer varias opciones. Imperdonable que no exista una televisión para poder ver el final de la liga española con una cerveza, esto reafirma el hecho que es un sub o intra mundo en el que una vez que se entra ya estás en otro mundo (como la película de Tom Hanks). Maravilloso como cada vez es más accesible el internet, y casí con un ancho de banda que nos supera. Siempre son agradables las tiendas de revistas y libros. Y siempre queda la soledad, que de vez en cuando es agradable.