"Lanzado ciegamente a la conquista del mundo externo, preocupado por el solo manejo de las cosas, el hombre terminó por cosificarse
él mismo, cayendo al mundo bruto en que rige el ciego determinismo.
Empujado por los objetos, títere de la misma circunstancia que había
contribuido a crear, el hombre dejó de ser libre, y se volvió tan
anónimo e impersonal como sus instrumentos. Ya no vive en el tiempo originiario del ser sino en el tiempo de sus propios relojes.
Es la caída del ser en el mundo, es la exteriorización y la
banalización de su existencia Ha gando el mundo pero se ha perdido a sí
mismo.
Hasta que la angustia lo despierta, aunque lo despierte a un universo de pesadilla. Tambaleante y ansioso
busca nuevamente el camino de sí mismo, en medio de las tinieblas. Algo
le susurra que a pesar de todo es libre o puede serlo, que de cualquier
modo él no es equiparable a un engranaje. Y hasta el hecho de
descubrirse mortal, la angustiosa convicción
de comprender su finitud también de algún modo es reconfortante, porque
al fin de cuentas le prueba que es algo distinto a aquel engranaje
indiferente y neutro: le demuestra que es un ser humano. Nada más pero
nada menos que un hombre."